Joyful Hope / Esperanza gozosa

Today’s Gospel offers us a tender reading for the day before Advent: Be on guard. Don’t be lulled into sleep. Let not dissipation and worry take you captive. Hold carefully and warmly those places in your heart that break – the disappointments, the losses, the depressing burdens. Be alert. The Son of Man, the Child of Bethlehem comes. Cling to the light that Advent promises, to the stars that brighten the darkened skies.  

It’s the eve of the glorious season of Advent. The Gospel reminds us today to look around and take note of the need for light, for hope, for mercy. A mother tells me her teenage daughter still hasn’t recovered from the isolation imposed by the Covid-19 lockdown.  A grandpa worries his granddaughter will lose her way at college. A friend texts that her cousin has set a date for an abortion. 

Be not weighed down by the worries of life, because God has entered into this life to be here with us as our very Life. Be not blinded by the darkness, because this evening we begin to prepare for the birth of the Light of the world and the ultimate end of the night. Be not feeble of heart because Jesus conquers every death and restores joy.

Advent is about renewing the fires of joy and the eagerness of hope. It is for the child in us that needs innocence restored by the Child of Bethlehem.

Advent is about walking through the dark that surrounds us with eyes translucent with eagerness for the Kingdom.

Advent is about knowing that the victory of Christ is our victory, that God holds the power in love, and that nothing can rip us out of His hand.

So be alert and prepare, but may your preparation be filled with the joy that hope brings.

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El Evangelio de hoy nos ofrece una lectura conmovedora para la víspera de Adviento: Estén alerta. No se dejen llevar por el sueño. No permiten que la disipación y la preocupación los tenga cautivados. Acojan con cariño y calidez aquellos lugares de su corazón que se rompen: las decepciones, las pérdidas, las cargas deprimentes. Estén alerta. El Hijo del Hombre, el Niño de Belén, viene. Aférrense a la luz que promete el Adviento, a las estrellas que iluminan los cielos oscurecidos.

Es la víspera del glorioso Adviento. El Evangelio nos recuerda hoy que miremos a nuestro alrededor y nos demos cuenta de la necesidad de luz, de esperanza, de misericordia. Una mamá me cuenta que su hija adolescente aún se recupera del aislamiento impuesto por la COVID-19. Un abuelo teme que su nieta pierda su camino en la universidad. Una amiga me manda un texto diciendo que su prima ha hecho cita para un aborto. 

No se dejen agobiar por las preocupaciones de la vida, porque Dios ha entrado en esta vida para estar con nosotros como nuestra propia Vida. No se dejen cegar por la oscuridad, porque esta noche comenzamos a prepararnos para el nacimiento de la Luz del mundo y el fin definitivo de la noche. No desfallezcan de corazón, porque Jesús vence toda muerte y restaura la alegría.

El Adviento se trata de renovar el fuego de la alegría y el ardor de la esperanza. Es para el niño que llevamos dentro y que necesita la inocencia restaurada por el Niño de Belén.

El Adviento se trata de caminar por la oscuridad que nos rodea con ojos abiertos por el anhelo del Reino.

El Adviento se trata de saber que la victoria de Cristo es nuestra victoria, que Dios tiene el poder en el amor y que nada puede arrebatarnos de su mano.

Así que estén alerta y prepárense, pero que su preparación esté llena de la alegría que trae la esperanza.

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Sr. Kathryn J. Hermes

Sr. Kathryn James Hermes, FSP, is an author and offers online evangelization as well as spiritual formation for people on their journey of spiritual transformation and inner healing. Website: www.touchingthesunrise.com My Books: https://touchingthesunrise.com/books/
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See For Yourselves / Vean por sí mismos

“It smells like it’s gonna snow.” If you haven’t lived in a four-season climate, that comment may sound strange, but those who have experienced winter know the distinct fragrance that tells them what’s coming. As the seasons change, there is a change in the air. The frozen ground of winter smells different than it does as it thaws in the spring, and the warm, heavy air of summer gives way to the cooler, crisper perfume of fall.

The grace of living in four seasons is that each year we see a stunning display of the cycle of life: the new birth of spring, the full richness of summer, the harvest and grace of fall, and the quiet shutting down of winter. The greatest transition, though, happens as the cycle begins again.

By the end of winter, everything looks dead — heavy gray skies, scraggly bare trees, trodden brown grass peeking out in patches where remnants of dirty snow have melted. But then, right around Easter time (on this side of the equator), the world starts to come alive again. That melted snow has watered the ground, and dormant trees awaken to drink from it. Buds appear, then leaves and flowers. The grass gets green, birds sing, and the sun shines. 

Jesus tells us in Luke’s Gospel today, “When their buds burst open, you see for yourselves and know that summer is now near.” Every year is an allegory — there is life after death; God makes everything new. Jesus talks to his Apostles about “these things” taking place and they are not easy ones: the destruction of the temple, signs and persecutions. Then the Coming of the Son of Man. He seems to be reminding us that it will be difficult, hard things will happen, and sometimes things will get worse before they get better. We will all see our winter. But trust.

God keeps His promises, and He reveals himself to us in the very world He created and in Scripture. Jesus tells us, “Heaven and earth will pass away, but my words will not pass away.” Our call is to keep our eyes open and see what is unfolding. Just as that first green crocus pushing up through the snow tells us warmer days are coming, God will reveal Himself to us. There are signs. Notice them, and remember, no matter how hard the winter, spring is coming. Trust that the battle has already been won.  

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“Huele a que va a nevar”. Si no han vivido en un clima de cuatro estaciones, ese comentario puede sonar extraño, pero quienes han experimentado el invierno conocen la fragancia distintiva que les anuncia lo que está por venir. Con el cambio de estaciones, se produce un cambio en el aire. El suelo helado del invierno huele diferente al descongelarse en primavera, y el aire cálido y denso del verano da paso al perfume más fresco y vigorizante del otoño.

La gracia de vivir en cuatro estaciones es que cada año presenciamos un despliegue impresionante del ciclo de la vida: el renacimiento de la primavera, la plenitud del verano, la cosecha y la gracia del otoño, y el tranquilo final del invierno. Sin embargo, la mayor transición ocurre cuando el ciclo comienza de nuevo.

Al final del invierno, todo parece muerto: cielos grises y densos, árboles desnutridos y desnudos, hierba marrón pisoteada que asoma en parches donde se han derretido los restos de la nieve sucia. Pero entonces, justo en la época de Pascua (a este lado del ecuador), el mundo comienza a cobrar vida de nuevo. La nieve derretida ha regado la tierra, y los árboles inactivos despiertan para beber de ella. Aparecen los brotes, luego las hojas y las flores. La hierba reverdece, los pájaros cantan y brilla el sol.

Jesús nos dice en el Evangelio de Lucas de hoy: “Cuando ven que empiezan a dar fruto [los árboles], saben que ya está cerca el verano”. Cada año es una alegoría: hay vida después de la muerte; Dios lo hace todo nuevo. Jesús habla a sus apóstoles sobre “las cosas que les he dicho” que están sucediendo, y no son fáciles: la destrucción del templo, las señales y las persecuciones. Luego, la venida del Hijo del Hombre. Parece recordarnos que será difícil, que ocurrirán cosas difíciles, y que a veces las cosas empeorarán antes de mejorar. Todos veremos nuestro invierno. Pero confíen.

Dios cumple sus promesas y se nos revela en el mundo que creó y en las Escrituras. Jesús nos dice: “Podrán dejar de existir el cielo y la tierra, pero mis palabras no dejarán de cumplirse”. Nuestro llamado es mantener los ojos abiertos y ver lo que está sucediendo. Así como el primer azafrán verde que brota entre la nieve nos anuncia la llegada de días más cálidos, Dios se revelará a nosotros. Hay señales. Obsérvalas y recuerda: por muy duro que sea el invierno, la primavera está llegando. Confía en que la batalla ya está ganada.

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Pamela Kavanaugh is a grateful wife, mother, and grandmother who has dedicated her professional life to Catholic education. Though she has done her very best to teach her students well in the subjects of language and religion, she knows that she has learned more than she has taught. She lives, teaches, and writes in southwest suburban Chicago.

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Let Us Give Thanks/ Demos gracias

What a blessing to be able to share a few thoughts with you on Thanksgiving Day! 

Our Gospel begins with Jesus walking to Jerusalem, minding His own business, when ten lepers approach Him as he enters a village. They shout from a safe distance, “Jesus, Master! Have pity on us!” Jesus is touched by the encounter and proceeds to grant their request. 

But He did not heal them in that instant. Instead He told them to go show themselves to the priests. Why would He say that? Because Mosaic law indicated that if someone was healed they had to go show the priest. The lepers did as they were told and while they were on the way, discovered that they were healed. Nine of them continued on their way but one went back to thank Jesus, falling at His feet. And there He remained until Jesus said to him, “Stand up and go; your faith has saved you.”

Can you put yourself in this story? Have you asked Jesus for a favor and He didn’t grant it right away, but “as [you] were going” you noticed He had granted it to you in His time and in His way? When will we realize and fully trust that He sends us these graces at exactly the right time? Do we get distracted and forget to thank Him? It happens all the time. The enemy does not want us to be grateful.

Have you ever experienced a time when you didn’t even ask for help (and perhaps didn’t realize you needed it) and God sent it to you anyway? Perhaps on this day we have set apart especially to give thanks, we can reflect about all the ways God has surprised us with His gifts over the years. And then we can offer up a prayer of praise and thanksgiving for His generous and merciful love.   

Serving with joy!

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¡Qué bendición poder compartir algunas reflexiones con ustedes en el Día de Acción de Gracias!

El Evangelio comienza con Jesús caminando hacia Jerusalén, sin hacer nada, cuando diez leprosos se le acercan al entrar en un pueblo. Gritan desde una distancia prudencial: “¡Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros!” Jesús se conmueve con el encuentro y accede a su petición.

Pero no los sanó en ese instante. En cambio, les dijo que fueran a presentarse ante los sacerdotes. ¿Por qué diría eso? Porque la ley mosaica indicaba que si alguien quedaba sanado, debía presentarse ante el sacerdote. Los leprosos hicieron lo que se les dijo y, de camino, descubrieron que estaban sanos. Nueve de ellos continuaron su camino, pero uno regresó para darle las gracias a Jesús, postrándose a sus pies. Y allí permaneció hasta que Jesús le dijo: “Levántate y vete. Tu fe te ha salvado”.

¿Te identificas con esta historia? ¿Le has pedido a Jesús un favor y no te lo ha concedido de inmediato, sino que, “mientras [ibas] de camino” te has dado cuenta de que te lo ha concedido a su tiempo y a su manera? ¿Cuándo nos daremos cuenta y confiaremos plenamente en que nos envía estas gracias en el momento perfecto? ¿Nos distraemos y nos olvidamos de agradecerle? Sucede todo el tiempo. El enemigo no quiere que seamos agradecidos.

¿Has vivido alguna vez un momento en el que ni siquiera pediste ayuda (y quizás no te diste cuenta de que la necesitabas) y Dios te la envió de todos modos? Quizás en este día que hemos apartado especialmente para dar gracias, podamos reflexionar sobre todas las maneras en que Dios nos ha sorprendido con sus dones a lo largo de los años. Y luego podamos ofrecer una oración de alabanza y agradecimiento por su amor generoso y misericordioso.

¡Sirviendo con alegría!

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Deacon Dan Schneider is a retired general manager of industrial distributors. He and his wife Vicki have been married for over 55 years. They are the parents of eight children and thirty-one grandchildren. He has a degree in Family Life Education from Spring Arbor University. He was ordained a Permanent Deacon in 2002.  He has a passion for working with engaged and married couples and his main ministry has been preparing couples for marriage.

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Bless the Lord! / ¡Bendigan al Señor!

One virtue I really strive to instill in my children is gratitude. I can’t tell you how many times I have asked them to say thank you when they are given something or to stop grumbling about small inconveniences and be thankful for what they have. Another small tradition we have started is to mention one thing we are thankful for during night prayers. 

A couple of my kiddos have caught on quickly, another I have to nudge with a few suggestions while another now has a whole list of things each day! I always remind them that it doesn’t necessarily have to be anything super special. It can be something as simple as the air they breathed or the water they drank that day. It can be the fact that their clothes are clean or that they have a home that is heated and cooled, because absolutely everything is a gift from God!

So in preparation for the day we publicly give thanks tomorrow, I thought I would share a small list of things I am particularly thankful for: that my oldest son is now old enough to have interesting, semi-adult conversations with; that my second oldest is making small steps toward coming out of his shyness, that my third oldest still loves to snuggle with his mommy, that my fourth child seeks ways all day long to be active, enjoy life and laugh; that my youngest still has round cheeks that I can kiss every single day; that my husband feels well enough after his second back surgery to coach soccer again; that God always provides in the most unexpected ways; for family members and friends that I love and cherish and care about, that bring so much human connection as a foretaste of the heavenly connection with my Lord that awaits me… And you? I invite you to write your own list. 

In today’s first reading, we see God’s justice being proclaimed to King Belzhazzar through the prophet Daniel. They were in the midst of a great banquet, and instead of glorifying the Lord for His provision, they “praised their gods of gold and silver, bronze and iron, wood and stone.” As a consequence of their rebellion, God promised to divide his kingdom and put an end to his reign. 

In complete contrast to this scenario, we see right praise being given to our God in the Psalm response: “Sun and moon, bless the Lord… Stars of heaven, bless the Lord… praise and exalt him above all forever.” Strengthened by the correct ordering of our minds and hearts, we see how God helps us endure any hardship in today’s Gospel: “They will seize and persecute you… You will be handed over by parents, brothers, relatives and friends…but not a hair on your head will be destroyed.” 

God does and will take care of us every single day. In life and in death, in heat and cold, through hardships and joys, let us bless the Lord with sincere gratefulness. 

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Una virtud que me esfuerzo mucho por inculcar en mis hijos es la gratitud. No te imaginas cuántas veces les he pedido que den las gracias cuando reciben algo o que dejen de quejarse por pequeñas inconveniencias y agradezcan lo que tienen. Otra pequeña tradición que hemos empezado es mencionar algo por lo que estamos agradecidos durante las oraciones de la noche.

Unos de mis hijos han entendido rápidamente, a otro tengo que darle algunas sugerencias, ¡y otro ya tiene una lista completa de cosas a diario! Siempre les recuerdo que no tiene que ser algo súper especial. Puede ser algo tan sencillo como el aire que respiraron o el agua que bebieron ese día. Puede ser que su ropa esté limpia o que tengan una casa con calefacción y aire acondicionado, ¡porque absolutamente todo es un regalo de Dios!

Así que, en preparación para el día que daremos gracias públicamente mañana, pensé compartir una pequeña lista de cosas por las que estoy especialmente agradecida: que mi hijo mayor ya tiene la edad suficiente para tener conversaciones interesantes, casi adultas; que mi segundo hijo está tomando pasos pequeños para superar su timidez; que a mi tercer hijo todavía le encanta acurrucarse con su mamá; que mi cuarto hijo busca maneras todo el día de estar activo, disfrutar de la vida y reírse; que mi hija menor todavía tiene mejillas redondas que puedo besar todos los días; que mi esposo se siente lo suficientemente bien después de su segunda cirugía de espalda como para volver a ser entrenador de fútbol; que Dios siempre provee de las maneras más inesperadas; por los familiares y amigos que amo, aprecio y me importan, que me brindan tanta conexión humana como un anticipo de la conexión celestial con mi Señor que me espera…¿y tú? Te invito a escribir tu propia lista. 

En la primera lectura de hoy, vemos la justicia de Dios proclamada al rey Belzasar a través del profeta Daniel. Estaban en medio de un gran banquete, y en lugar de glorificar al Señor por su provisión, “comenzaron a alabar a sus dioses de oro y plata, de bronce y de hierro, de madera y de piedra”. Como consecuencia de su rebelión, Dios prometió dividir su reino y poner fin a su reinado.

En completo contraste con este escenario, vemos la alabanza justa que se le da a nuestro Dios en el Salmo Responsorial: “Sol y luna, bendigan al Señor… Estrellas del cielo, bendigan al Señor… Fuego y calor, bendigan al Señor…” Fortalecidos por el correcto orden de nuestras mentes y corazones, vemos cómo Dios nos ayuda a soportar cualquier dificultad en el Evangelio de hoy: “Los perseguirán y los apresarán… Los traicionarán hasta sus padres y hermanos, sus parientes y amigos… ni un cabello de su cabeza perecerá”.

Dios nos cuida y nos cuidará todos los días de nuestras vidas. En la vida y en la muerte, en el calor y el frío, en las dificultades y las alegrías, bendigamos al Señor con una gratitud sincera.

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Tami Urcia is a midwestern gal from a large Catholic family. As a young adulthood she was a missionary in Mexico, where she studied theology and philosophy. After returning stateside bilingual, she gained a variety of work experience, traveled extensively and finished her Bachelor’s Degree at Brescia University. She loves organizing and simplifying things, watching her children play sports, deep conversations with close family and friends and finding unique ways to brighten others’ day with Christ’s love. She works full time at Diocesan in the Software Department and manages the Inspiration Daily reflections. She is also a contributing writer on CatholicMom.com and BlessedIsShe.net.

Feature Image Credit: Jon Tyson, unsplash.com/photos/thank-you-very-much-sign-vD6UFu8QYUI

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Awaiting the Messiah / Esperando al Mesías

The temple spoken about in today’s Gospel references the Jerusalem Temple renovated by Herod the Great prior to Jesus’ birth, as well as the rise of people claiming to be the Messiah who would overthrow the Romans. We are reminded that Jesus, the true Messiah, was not what the Jews expected. He came with a message rooted in love, not violence. 

Like the Jews awaiting their Messiah, we wait for His second coming and His message is no less relevant. He goes on to explain further signs that the end is near – wars, earthquakes, famines. I’ve wondered a few times in the last five years, given the world disruptions we’ve had that seem unprecedented, if the end is near.  I’m old enough to have some space behind me and when I reflect on the wars in Ukraine and Israel, fires in Canada and California, Covid 19, the false ideologies of gender identity, the promotion of abortion from the highest levels of government I can’t help but wonder. Is this the beginning of the end? 

Maybe it is. Maybe it isn’t. Either way, there is not a thing I can do about it. My only right response is to listen to the words of Jesus Christ while I wait: “do not be terrified.” If the One in charge of this whole set up, God, is telling me not to be afraid (as he repeatedly does in the New Testament) then I need not be afraid. I need to trust in my heavenly Father and take solace in knowing He’s got this. It’s in His extremely capable hands so everything will be ok. Phew. God is so good. 

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El templo del que habla el Evangelio de hoy hace referencia al Templo de Jerusalén, renovado por Herodes el Grande antes del nacimiento de Jesús, así como al surgimiento de quienes afirmaban ser el Mesías que derrocaría a los romanos. Esto nos recuerda que Jesús, el verdadero Mesías, no era lo que los judíos esperaban. Vino con un mensaje arraigado en el amor, no en la violencia.

Al igual que los judíos que esperaban a su Mesías, esperamos su segunda venida, y su mensaje es igual de relevante. Continúa explicando otras señales de que el fin está cerca: guerras, terremotos, hambrunas. Me he preguntado varias veces en los últimos cinco años, dadas las perturbaciones mundiales que hemos tenido y que parecen sin precedentes, si el fin está cerca. Soy lo suficientemente mayor como para tener unos años a mis espaldas, y cuando reflexiono sobre las guerras en Ucrania e Israel, los incendios en Canadá y California, la COVID-19, las falsas ideologías de identidad de género, la promoción del aborto desde las más altas esferas del gobierno, no puedo evitar preguntarme: ¿Será este el principio del fin?

Quizás lo sea, quizás no. Sea como sea, no puedo hacer nada al respecto. Mi única respuesta correcta es escuchar las palabras de Jesucristo mientras espero: “que no les domine el pánico”. Si Dios está a cargo de todo esto y me dice que no tenga miedo (como lo hace repetidamente en el Nuevo Testamento), entonces no tengo por qué tenerlo. Necesito confiar en mi Padre celestial y consolarme sabiendo que Él lo tiene todo bajo control. Está en sus manos tan capaces, así que todo estará bien. ¡Qué alivio! Dios es tan bueno.

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Merridith Frediani loves words and is delighted by good sentences. She also loves Lake Michigan, dahlias, the first sip of hot coffee in the morning, millennials, and playing Sheepshead with her husband and three kids. She writes for Catholic Mom, Diocesan.com, and her local Catholic Herald. Her first book Draw Close to Jesus: A Woman’s Guide to Adoration is available at Our Sunday Visitor and Amazon. You can learn more at merridithfrediani.com.

Feature Image Credit: Ante Hamersmit, https://unsplash.com/photos/man-siting-on-wooden-dock-qg6MDcCWBfM

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Giving Our All / Dar lo mejor de nosotros

Today we hear the Gospel of the poor widow who only gave two coins to the treasury while everyone around her seemed to be giving much more. This theme can be seen in the Old Testament as well. If we look at the story of Cain and Abel we see that God is happy with Abel’s offering because he gave the most important part of his flock whereas Cain gave the minimum amount he was willing to offer. 

These verses have me thinking about the biblical concept of stewardship. We have probably heard a million times that stewardship is not just about money but then we hear about the campaigns that both dioceses and parishes put on and so it is hard to separate the concepts. 

I think a helpful way to think about stewardship is not to downplay the money aspect but instead to realize that everything is a gift. Think about it for a second, if you are taking your next breath, that means that God is actively thinking about you, holding you in existence, and allowing you to live your life to the full. If God stopped thinking about us for even a second we would cease to exist. 

So whether it is money, our gifts and talents, services we provide, or just our presence, all things have been given to us as a gift to be shared. In St. John Paul II’s work, Theology of the Body, he speaks about the concept of the spousal meaning of the body. He talks about the idea that all of us have a spousal meaning to ourselves that essentially has two elements. The first is that we are made with intrinsic dignity in and of ourselves. The second is that we were made to give. In fact, the more we give the more we realize who we truly are. 

This is true because we were made by a God who is pure gift. He grants us gifts and graces every day so that we might more fully realize who we are and how we are meant to serve and love our fellow man. The Gospel for today gets right to the heart of this matter. God does not have a checklist in heaven to see who is giving the most of their time, talent, and treasure. It is not a numbers game for Him. What He is concerned with is that we are giving our all and genuinely serving Him and those He has put into our lives. 

Imagine a world where we all take the biblical principle of stewardship seriously and first realize how good we are and then from there realize our inner call to be a gift. My prayer for all of us today is that we can realize this and put it into action. Let’s be more like the poor widow who gives fully of what she has been given. Whether what we have to give is big or small, let’s give it our all. 

From all of us here at Diocesan, God bless!

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Hoy escuchamos el Evangelio de la viuda pobre que solo dio dos monedas al tesoro, mientras que todos a su alrededor parecían dar mucho más. Este tema también se puede encontrar en el Antiguo Testamento. Si observamos la historia de Caín y Abel, vemos que Dios se complace con la ofrenda de Abel porque dio la parte más importante de su rebaño, mientras que Caín dio la cantidad mínima que estaba dispuesto a ofrecer.

Estos versículos me hacen pensar en el concepto bíblico de la corresponsabilidad. Probablemente hemos escuchado un millón de veces que la corresponsabilidad no se trata solo del dinero, pero luego escuchamos sobre las campañas que organizan tanto la diócesis como las parroquias, y se hace difícil separar los dos conceptos.

Creo que una manera útil de pensar en la administración es no restarle importancia al aspecto económico, sino comprender que todo es un regalo. Piénsalo por un segundo: si estás respirando, significa que Dios está pensando activamente en ti, manteniéndote en la existencia y permitiéndote vivir tu vida al máximo. Si Dios dejara de pensar en nosotros, aunque fuera por un segundo, dejaríamos de existir.

Así que, ya sea el dinero, nuestros dones y talentos, los servicios que brindamos o simplemente nuestra presencia, todo nos ha sido dado como un don para compartir. En la obra de San Juan Pablo II, La Teología del Cuerpo, habla sobre el concepto del significado esponsal del cuerpo. Habla de la idea de que todos tenemos un significado esponsal dentro de nosotros mismos que esencialmente consta de dos elementos. El primero es que fuimos creados con dignidad intrínseca. El segundo es que fuimos creados para dar. De hecho, cuanto más damos, más nos damos cuenta de quiénes somos realmente.

Esto es cierto porque fuimos creados por un Dios que es puro don. Él nos concede dones y gracias cada día para que podamos comprender mejor quiénes somos y cómo debemos servir y amar al prójimo. El Evangelio de hoy llega directo al corazón de este asunto. Dios no tiene una lista en el cielo para ver quién está dando el máximo de su tiempo, talento y tesoro. Para Él, no se trata de números. Lo que le importa es que le demos lo mejor de nosotros y le sirvamos genuinamente a Él y a quienes Él ha puesto en nuestras vidas.

Imagina un mundo donde todos tomemos en serio el principio bíblico de la corresponsabilidad y, primero, reconozcamos lo buenos que somos y, a partir de ahí, reconozcamos nuestro llamado interior a ser un don. Mi oración para todos nosotros hoy es que podamos comprender esto y ponerlo en práctica. Seamos más como la viuda pobre que da plenamente de lo que se le ha dado. Sea mucho o poco lo que tengamos para dar, demos lo mejor de nosotros.

De parte de todos nosotros aquí en Diocesan, ¡Dios los bendiga!

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Tommy Shultz is a Business Development Representative for Diocesan. In this role he is committed to bringing the best software to dioceses and parishes while helping them evangelize on the digital continent. Tommy has worked in various diocese and parish roles since his graduation from Franciscan University with a Theology degree. He hopes to use his skills in evangelization, marketing, and communications, to serve the Church and bring the Good News to all. His favorite quote comes from St. John Paul II, who said, “A person is an entity of a sort to which the only proper and adequate way to relate is love.”

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Sacred Silence / El silencio sagrado

Have you ever been falsely accused and felt you did nothing to deserve the blame? In today’s Gospel, one criminal rebuked another, saying, “Have you no fear of God, for you are subject to the same condemnation? And indeed, we have been condemned justly…but this man has done nothing criminal.” What reaction do you have when faced with false accusations? Anger? Denial? Frustration? Hopelessness? Acceptance?  In this Gospel, Jesus and the redeemed criminal provide a great example of how to handle adversity when a situation hits you hard. 

Jesus was nearing the end of His time here on earth, yet He focused on saving one more soul before reuniting with the Father. This selfless act shows us that regardless of life’s circumstances, there will always be someone there to help us through. That Someone is Jesus Christ. The redeemed criminal knew he would be together with Jesus in heaven because of His words. Then he spent time in sacred silence, letting the love and mercy of God wash over him. 

When do we experience sacred silence? We see several examples within the Mass. During the Penitential Act, we silently acknowledge our sins. Immediately after that, the Priest says, “Let us pray,” and the momentary silence serves as a doorway for us to speak to the Lord and for Him to fill us with His love and mercy. After the homily, we also take a moment of silence. I always ask the Lord to fill my heart and soul with the wisdom from the Gospel and the priest’s words. 

Do you experience sacred silence in your daily life? How does it feel within you, and how do you accept it? Another example that comes to mind is sitting with Jesus in Adoration. When I spend an hour in silence it fills me with love, understanding, and a genuine connection with Him. I realize, though, that many times I miss the opportunity for silence and quickly move on to the next action I need to take. 

Sacred silence is there when I realize that Jesus is always present, no matter what. He wants to tell me it will be alright, and to rely on Him and His will. It is when our hearts are united with His in a moment of pure love and there’s a peace that fills us. We cannot go wrong when we choose to spend time in sacred silence.

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¿Alguna vez has sido acusado falsamente y has sentido que no hiciste nada para merecer la culpa? En el Evangelio de hoy, un criminal reprendió a otro, diciendo: “¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Nosotros justamente recibimos el pago de lo que hicimos. Pero éste ningún mal ha hecho”. ¿Cuál es tu reacción ante acusaciones falsas? ¿Ira? ¿Negación? ¿Frustración? ¿Desesperanza? ¿Aceptación? En este Evangelio, Jesús y el criminal redimido ofrecen un gran ejemplo de cómo manejar la adversidad cuando una situación te golpea duramente.

Jesús se acercaba al final de su tiempo en la tierra, pero se centró en salvar un alma más antes de reunirse con el Padre. Este acto desinteresado nos muestra que, independientemente de las circunstancias de la vida, siempre habrá alguien ahí para ayudarnos. Ese Alguien es Jesucristo. El criminal redimido sabía que estaría con Jesús en el cielo gracias a sus palabras. Luego, pasó un tiempo en silencio sagrado, dejando que el amor y la misericordia de Dios lo llenara.

¿Cuándo experimentamos el silencio sagrado? Vemos varios ejemplos en la Misa. Durante el Acto Penitencial, reconocemos en silencio nuestros pecados. Inmediatamente después, el sacerdote dice: “Oremos”, y ese momento de silencio nos sirve de puerta para hablar con el Señor y para que Él nos llene de su amor y misericordia. Después de la homilía, también hacemos un momento de silencio. Siempre le pido al Señor que llene mi corazón y mi alma con la sabiduría del Evangelio y las palabras del sacerdote.

¿Experimentas el silencio sagrado en tu vida diaria? ¿Cómo te sientes y cómo lo aceptas? Otro ejemplo que me viene a la mente es sentarme con Jesús en Adoración. Cuando paso una hora en silencio, me llena de amor, comprensión y una conexión genuina con Él. Sin embargo, me doy cuenta de que muchas veces pierdo la oportunidad de guardar silencio y rápidamente paso a la siguiente acción que debo realizar.

El silencio sagrado está ahí cuando me doy cuenta de que Jesús siempre está presente, pase lo que pase. Él quiere decirme que todo estará bien y que confíe en Él y en su voluntad. Es cuando nuestros corazones se unen al suyo en un momento de puro amor y una paz que nos llena. No podemos equivocarnos si elegimos pasar tiempo en silencio sagrado.

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Marti Garcia’s passions are her retired life and growing deeper in her Catholic faith. Marti is a Sacristan/EM, facilitates small groups, and assists as a First Communion Catechist for parents. Being a parent educator and writer for 35 years, she recently published a children’s chapter book on Amazon, The Ladybugs. You can find her at her blog: MartiGarcia.org, or thewaterisshallow.com, or her cohost podcast, findingacommonthread.com, which is coming soon.

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Heavenly Realities / Realidades Celestiales

When it’s all said and done, the vast majority of all human hang ups, concerns, rules, and boundaries will pass away. The structures for governing society, social norms, and even morality itself, will no longer be needed when we arrive in the heavenly Jerusalem. Here on earth, we are limited human beings, broken by sin and inclined to go against God’s will in service of lesser goods. We seek after power, prestige, wealth, and pleasure rather than love of God and love of neighbor. 

In today’s Gospel, the Sadducees come to Jesus with a very human, earthly focused question about the “rules” of heaven. They are taking human logic and trying to apply it to heavenly realities. The Sadducees do not believe in the resurrection of the dead, so they have come up with a ridiculous situation of a woman in heaven with seven husbands. They contest that the functions and realities of the present society will continue in heaven and ask whose wife she will be. 

Jesus explains that they do not understand what’s really going on here. When the resurrection happens, all things will be made new in ways we cannot understand. There will be a new heaven and a new earth, where human laws and societal norms are no longer needed. We will be restored to perfection in God’s perfect will for humanity. We will experience a new, perfect, freedom in the resurrection. Even our relationships will be transformed and perfected. After all, what is the point of marriage here on earth? 

The Catechism tells us: “‘By reason of their state in life and of their order, [Christian spouses] have their own special gifts in the People of God.’ This grace proper to the sacrament of Matrimony is intended to perfect the couple’s love and to strengthen their indissoluble unity. By this grace they ‘help one another attain holiness in their married life and in welcoming and educating their children.’” (1641).

The first point of the Sacrament of Marriage is holiness. Holiness has many definitions, but one of the simplest is to be close to God here on earth so that we can remain close to Him in heaven. That’s the goal and what all married couples ought to discern before their marriage and throughout their marriage. Will this person who I am choosing to spend my life with help me get to heaven and will I help them get to heaven? 

God intended humanity for relationship, we can see this in the first chapters of Genesis. What these relationships will look like in a resurrected state of being, we do not know. But, we can trust that God, who is the Creator of all things, will be able to handle, transform, and perfect whatever relationships we have had on earth into new and glorified heavenly realities. 

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Cuando todo esté dicho y hecho, la gran mayoría de los complejos, preocupaciones, reglas y límites humanos desaparecerán. Las estructuras que gobiernan la sociedad, las normas sociales e incluso la moralidad misma ya no serán necesarias cuando lleguemos a la Jerusalén celestial. Aquí en la tierra, somos seres humanos limitados, quebrantados por el pecado e inclinados a ir en contra de la voluntad de Dios en pos de bienes inferiores. Buscamos poder, prestigio, riqueza y placer en lugar de amar a Dios y al prójimo.

En el Evangelio de hoy, los saduceos acuden a Jesús con una pregunta muy humana y terrenal sobre las “reglas” del cielo. Intentan aplicar la lógica humana a las realidades celestiales. Los saduceos no creen en la resurrección de los muertos, por lo que han inventado la ridícula situación de una mujer en el cielo con siete maridos. Discuten que las funciones y realidades de la sociedad actual continuarán en el cielo y preguntan cuál de los siete la tendrá como esposa.

Jesús explica que no comprenden lo que realmente está sucediendo. Cuando ocurra la resurrección, todo será renovado de maneras que no podemos comprender. Habrá un cielo nuevo y una tierra nueva, donde las leyes humanas y las normas sociales ya no serán necesarias. Seremos restaurados a la perfección en la perfecta voluntad de Dios para la humanidad. Experimentaremos una nueva y perfecta libertad en la resurrección. Incluso nuestras relaciones serán transformadas y perfeccionadas. Después de todo, ¿qué sentido tiene el matrimonio aquí en la tierra?

El Catecismo nos dice: “‘En su modo y estado de vida, los cónyuges cristianos tienen su carisma propio en el Pueblo de Dios’. Esta gracia propia del sacramento del Matrimonio está destinada a perfeccionar el amor de los cónyuges, a fortalecer su unidad indisoluble. Por medio de esta gracia ‘se ayudan mutuamente a santificarse en la vida conyugal y en la acogida y educación de los hijos’” (1641).

El primer punto del Sacramento del Matrimonio es la santidad. La santidad tiene muchas definiciones, pero una de las más sencillas es estar cerca de Dios aquí en la tierra para poder permanecer cerca de Él en el cielo. Ese es el objetivo y lo que todas las parejas casadas deben discernir antes y durante su matrimonio. ¿Estoy eligiendo a una persona con quien pasar mi vida que me ayudará a llegar al cielo, y viceversa?

Dios diseñó a la humanidad para que tuviera relaciones; podemos verlo en los primeros capítulos del Génesis. No sabemos cómo serán estas relaciones en un estado de ser resucitado. Pero podemos confiar en que Dios, quien es el Creador de todas las cosas, podrá manejar, transformar y perfeccionar cualquier relación que hayamos tenido en la tierra, y convertirlas en glorificadas realidades celestiales.

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Kate Taliaferro is an Air Force wife and mother. She is blessed to be able to homeschool, bake bread and fold endless piles of laundry. When not planning a school day, writing a blog post or cooking pasta, Kate can be found curled up with a book or working with some kind of fiber craft. Kate blogs at DailyGraces.net.

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Cleansing / La purificación

“Jesus entered the temple area and proceeded to drive out those who were selling things…” Most of us are familiar with this Gospel passage. It’s often used to point out that the Christian response to others is not always soft words, but sometimes righteous anger. Yet what is it really about and how does it relate to us?

I read a reflection once about this passage right before Christ drove the sellers out of the Temple: He braided a whip in preparation. Braiding a whip out of leather cords can take hours. Christ’s effort makes it clear that He prepared to cleanse the Temple. This was not an outburst of rage, nor a particularly bad day for Him. This was true justice in action.

What is justice? Is it taking out our anger on whoever is frustrating us? No, of course not. Perhaps we are rightfully angry with someone else for what they’ve done against us or others, or even against God. Perhaps it is in everyone’s best interest to share a few stern words in private. But no matter the circumstance, we are called to virtue, and that looks different in different situations, as Christ shows us here.

We know that He is the Man of perfect virtue. And justice is the virtue of giving to God and to others what they are owed. We owe God reverence, respect, obedience, and worship, to name a few. And we owe others charity, honesty, generosity, prudence, and so on.

The Temple was the Jews’ primary place of worship. In obedience to Old Testament laws, faithful Jews offered animal sacrifices when praying at the Temple – giving God His due. But the sellers here are deliberately taking advantage of those laws to make a profit. We know this because Christ condemns them as a “den of thieves.” Far, far worse than that, they are desecrating the Temple, stabling their smelly wares inside the sanctified walls of God’s holy house. Christ’s righteous anger is an act of restorative justice that amends the wrongs committed against God and others (the faithful Jews). 

Our worship as Catholics today looks very different from that of ancient Judaism. Yet like the Jews, we also ought to give God and others what they are owed. The call of today’s Gospel is to turn inward to the temple of our God-given souls. Are you consistently giving God and others their due? Or is there an internal cleansing that needs to take place? 

Take a few minutes out of your day and ask the Holy Spirit to open your eyes to the ways you have practiced justice toward God and others, and the ways you have fallen short. Then, take up the cords along with Christ, and accompany Him in the spiritual cleaning of your heart. The cords are painful, but they are also fruitful: we are restoring virtue and ultimately restoring our relationships with God and others.

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“Jesús entró en el templo y comenzó a echar fuera a los que vendían y compraban allí…” La mayoría de nosotros conocemos este pasaje del Evangelio. Se usa a menudo para señalar que la respuesta cristiana a los demás no siempre consiste en palabras suaves, sino a veces en una ira justificada. Sin embargo, ¿de qué se trata realmente y cómo se relaciona con nosotros?

Leí una reflexión una vez sobre este pasaje justo antes de que Cristo expulsara a los vendedores del Templo: Trenzó un látigo en preparación. Trenzar un látigo con cuerdas de cuero puede llevar horas. El esfuerzo de Cristo deja claro que se preparó para purificar el Templo. No fue un arrebato de ira, ni un día particularmente malo para Él. Fue verdadera justicia en acción.

¿Qué es la justicia? ¿Es descargar nuestra ira contra quien nos frustra? No, claro que no. Quizás estemos legítimamente enojados con alguien por lo que ha hecho contra nosotros, contra otros o incluso contra Dios. Quizás sea lo mejor para todos compartir unas palabras severas en privado. Pero sin importar la circunstancia, estamos llamados a la virtud, y esto se manifiesta de manera diferente en distintas situaciones, como Cristo nos muestra aquí.

Sabemos que Él es el Hombre de virtud perfecta. Y la justicia es la virtud de dar a Dios y a los demás lo que se les debe. Le debemos a Dios reverencia, respeto, obediencia y adoración, por nombrar solo algunas. Y a los demás les debemos caridad, honestidad, generosidad, prudencia, etc.

El Templo era el lugar principal de culto de los judíos. En obediencia a las leyes del Antiguo Testamento, los judíos fieles ofrecían sacrificios de animales al orar en el Templo, dándole a Dios lo que le corresponde. Pero los vendedores aquí se aprovechan deliberadamente de esas leyes para obtener ganancias. Lo sabemos porque Cristo los condena como una “cueva de ladrones”. Mucho peor que eso, están profanando el Templo, guardando sus malolientes mercancías dentro de los muros santificados de la santa casa de Dios. La justa ira de Cristo es un acto de justicia restauradora que repara los daños cometidos contra Dios y los demás (los judíos fieles).

Nuestro culto como católicos hoy es muy diferente al del judaísmo antiguo. Sin embargo, al igual que los judíos, también debemos dar a Dios y a los demás lo que se les debe. El Evangelio de hoy nos llama a mirar hacia adentro, al templo de las almas que Dios nos otorgó. ¿Le das constantemente a Dios y a los demás lo que les corresponde? ¿O necesitas una limpieza interior?

Tómate unos minutos de tu día y pídele al Espíritu Santo que te abra los ojos a las maneras en que has practicado la justicia hacia Dios y los demás, y a las maneras en que has fallado. Luego, toma las cuerdas junto con Cristo y acompáñalo en la limpieza espiritual de tu corazón. Las cuerdas son dolorosas, pero también fructíferas: estamos restaurando la virtud y, en última instancia, restaurando nuestra relación con Dios y los demás.

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Hailing from Nashville, Catherine is a graduate of Christendom College with a lifelong passion for words. Her love of writing and her Catholic Faith continue to shape her as a freelance editor, copywriter, and (aspiring) novelist, where she pursues her passions for the love and greater glory of God.

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Jesus Wept / Jesús lloró

Way back in 1971, there was a TV movie called “The Homecoming: A Christmas Story.” It introduced the world to the Depression-era Walton family, which became a TV series a year or so later. One scene from the original movie always stuck with me: The Walton kids were teaching younger kids Bible verses at a Christmas Eve service, and those children would then recite the verses in order to receive a Christmas present. One Walton girl was feeding verses to a little boy, who would say, “That’s too long” or “I can’t remember that.” Finally, exasperated, the Walton daughter told the boy, “Jesus wept.” He ran to the minister, said those two words and happily accepted his gift.

Scripture tells us three times that Jesus shed tears. Hebrews Chapter 5 says, “In the days when he was in the flesh, he offered prayers and supplications with loud cries and tears to the one who was able to save him from death, and he was heard because of his reverence.”

In Chapter 11 of the Gospel of John, Jesus goes to raise Lazarus from the dead, and we are told, “When Jesus saw (Mary) weeping and the Jews who had come with her weeping, he became perturbed and deeply troubled, and said ‘Where have you laid him?’ They said to him, ‘Sir, come and see.’ And Jesus wept. So the Jews said, ‘See how he loved him.’”

Today’s Gospel, from Luke Chapter 19, gives us the third mention, during or just after his entry into Jerusalem on Palm Sunday: “As Jesus drew near Jerusalem, he saw the city and wept over it, saying, ‘If this day you only knew what makes for peace – but now it is hidden from your eyes.”

Jesus’ tears are because of His great love for those He loves, for those He came to save but reject His message, for the suffering that He must endure because of our sinfulness. I always think of that: Jesus came to suffer and die for me. Thanks be to God, but I’m the one who sinned in the first place that made it necessary. Jesus died for me, but Jesus also died because of me.

Are we still out here not recognizing the time of our visitation? Are we like the Jews in our first reading from Maccabees, sacrificing on the altar of our modern-day apostasies? Or are we like Mattathias when he invited others to follow the Lord saying, “Let everyone who is zealous for the law and who stands by the covenant follow after me!”?

Today’s readings make it a good day to ask God for the grace we need to have zeal for Him and His law, for His love and His truth, and for the role He has for us. May we not cause Him more tears, but rather love Him and serve Him in this life so that we can be with Him in true, unending joy in the life to come.

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En el año 1971, se estrenó una película para televisión llamada “The Homecoming: A Christmas Story.” (El regreso a casa: Una historia de Navidad). Presentó al mundo a la familia Walton, de la época de la Gran Depresión, que se convirtió en una serie de televisión aproximadamente un año después. Una escena de la película original siempre me quedó grabada: los niños Walton enseñaban versículos bíblicos a niños más pequeños en un servicio de Nochebuena, y luego los recitaban para recibir un regalo de Navidad. Una niña Walton le daba versículos a un niño pequeño, quien decía: “Es demasiado largo” o “No puedo acordarme”. Finalmente, exasperada, la hija Walton le dijo al niño: “Jesús lloró”. Corrió hacia el ministro, dijo esas dos palabras y aceptó con alegría su regalo.

Las Escrituras nos cuentan tres veces que Jesús derramó lágrimas. Hebreos, capítulo 5, dice: “En los días de su vida terrenal, ofreció oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado a causa de su reverencia”. En el capítulo 11 del Evangelio de Juan, Jesús va a resucitar a Lázaro, y se nos dice: “Cuando Jesús vio a María llorando y a los judíos que la acompañaban, se turbó y se conmovió profundamente, y preguntó: “¿Dónde lo han puesto?”. Le respondieron: “Señor, ven a verlo”. Y Jesús lloró. Entonces los judíos dijeron: “Miren cuánto lo amaba”.

El Evangelio de hoy, del capítulo 19 de Lucas, nos da la tercera mención, durante o justo después de su entrada en Jerusalén el Domingo de Ramos: “cuando Jesús estuvo cerca de Jerusalén y contempló la ciudad, lloró por ella y exclamó: ‘¡Si en este día comprendieras tú lo que puede conducirte a la paz! Pero eso está oculto a tus ojos.’”

Las lágrimas de Jesús se deben a su gran amor por quienes ama, por aquellos a quienes vino a salvar pero que rechazan su mensaje, por el sufrimiento que debe soportar debido a nuestro pecado. Siempre pienso en eso: Jesús vino a sufrir y morir por mí. Gracias a Dios, pero soy yo quien pecó en primer lugar, soy yo quien lo hizo necesario. Jesús murió por mí, pero también murió a causa de mí.

¿Seguimos aquí sin reconocer el momento de nuestra visitación? ¿Somos como los judíos de la primera lectura de los Macabeos, sacrificando en el altar de nuestras apostasías modernas? ¿O somos como Matatías cuando invitó a otros a seguir al Señor diciendo: “Todo aquel que sienta celo por la ley y quiera mantener la alianza, que me siga”?

Las lecturas de hoy nos invitan a pedirle a Dios la gracia que necesitamos para tener celo por Él y su ley, por su amor y su verdad, y por el papel que Él tiene para nosotros. Que no le causemos más lágrimas, sino que lo amemos y le sirvamos en esta vida para que podamos estar con Él en verdadera alegría eterna.

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Mike Karpus is a regular guy. He grew up in Michigan’s Upper Peninsula, graduated from Michigan State University and works as an editor. He is married to a Catholic school principal, raised two daughters who became Catholic school teachers at points in their careers, and now relishes his two grandchildren, including the older one who is fascinated with learning about his faith. He also has served on a Catholic school board, a pastoral council and a parish stewardship committee. He currently is a lector at Mass, a Knight of Columbus, Adult Faith Formation Committee member and a board member of the local Habitat for Humanity organization. But mostly he’s a regular guy.

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