The Power of Pentecost / El Poder de Pentecostés

Today’s first reading recounts the great event of Pentecost. Pentecost is often called the birthday of the Church.  What does that mean? 

Before he ascended into heaven, Jesus said to his apostles: “stay in the city until you are clothed with power from on high” (Lk 24:49). 

Christ made it clear that without the Holy Spirit, his apostles could not do the work he did. They could not grow in virtue. They could not accomplish the mission he gave them. It was only after Pentecost that the Church was able to live, thrive, and grow. Even though they had just spent three years with Jesus, the leaders of the Church that Christ had established couldn’t do anything without the indwelling of the Spirit.

Two thousand years later, we need the Holy Spirit more than ever! St. Pope John Paul II constantly stressed openness to the Spirit of God, “We must rekindle in ourselves the impetus of the beginnings and allow ourselves to be filled with the ardor of the apostolic preaching which followed Pentecost.” 

Through baptism, the third person of the Holy Trinity makes our bodies his temple, a gift that is “confirmed” in the sacrament of confirmation. This is how Christ gives us the power to know Him and the Father, and to do what He calls us to do. 

But the Holy Spirit, even as He lives inside of us as baptized Christians, is only as active as we allow. We must implore Him daily to help us. Having free will, we can choose to fan into flame the gift of the Holy Spirit and truly be transformed and empowered, or we can quench the flame and even allow it to be extinguished in us. 

St. Pope John Paul II also said, “Whenever the Spirit intervenes, He leaves people astonished. He brings about events of amazing newness; He radically changes persons and history.” This is the power of Pentecost. All we need to do to experience this kind of transformation is to say, like Mary did, “Be it done unto me.”

Breathe into me, Holy Spirit, that my thoughts may all be holy. Move in me, Holy Spirit, that my work, too, may be holy. Attract my heart, Holy Spirit, that I may love only what is holy. Strengthen me, Holy Spirit, that I may defend all that is holy. Protect me, Holy Spirit, that I may always be holy. (St. Augustine)

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La primera lectura de hoy relata el gran acontecimiento de Pentecostés. A Pentecostés se le suele llamar el cumpleaños de la Iglesia. ¿Qué significa eso?

Antes de ascender al cielo, Jesús dijo a sus apóstoles: “quédense en la ciudad hasta que sean revestidos del poder de lo alto” (Lc 24,49).

Cristo dejó en claro que sin el Espíritu Santo, sus apóstoles no podrían hacer la obra que él hizo. No pudieron crecer en virtud. No pudieron cumplir la misión que él les había encomendado. Sólo después de Pentecostés la Iglesia pudo vivir, prosperar y crecer. Aunque acababan de pasar tres años con Jesús, los líderes de la Iglesia que Cristo había establecido no podían hacer nada sin la morada del Espíritu.

Dos mil años después, ¡necesitamos al Espíritu Santo más que nunca! San Papa Juan Pablo II destacó constantemente la apertura al Espíritu de Dios: “Debemos reavivar en nosotros el impulso de los comienzos y dejarnos llenar por el ardor de la predicación apostólica que siguió a Pentecostés”.

A través del bautismo, la tercera persona de la Santísima Trinidad hace de nuestro cuerpo su templo, don que se “confirma” en el sacramento de la confirmación. Así es como Cristo nos da el poder de conocerlo a Él y al Padre, y hacer lo que Él nos llama a hacer.

Pero el Espíritu Santo, aunque vive dentro de nosotros como cristianos bautizados, sólo está activo en la medida en que lo permitimos. Debemos implorarle diariamente que nos ayude. Teniendo libre albedrío, podemos optar por avivar la llama del don del Espíritu Santo y ser verdaderamente transformados y empoderados, o podemos apagar la llama e incluso permitir que se apague en nosotros.

San Papa Juan Pablo II también dijo: “Siempre que el Espíritu interviene, deja a la gente asombrada. Él provoca acontecimientos de sorprendente novedad; Cambia radicalmente a las personas y la historia”. Este es el poder de Pentecostés. Todo lo que necesitamos hacer para experimentar este tipo de transformación es decir, como lo hizo María: “Hágase en mí según tu palabra”.

Sopla en mí, Espíritu Santo, para que todos mis pensamientos sean santos. Muévete en mí, Espíritu Santo, para que también mi trabajo sea santo. Atrae mi corazón, Espíritu Santo, para que ame sólo lo santo. Fortaléceme, Espíritu Santo, para que pueda defender todo lo santo. Protégeme, Espíritu Santo, para que siempre sea santo. (San Agustín)

Comunicarse con la autora

A lover of Jesus Christ, a wife, and a mother of five, Christine is the author of Everyday Heroism: 28 Daily Reflections on the Little Way of Motherhood. She is a graduate of Franciscan University, an instructor for the Institute for Excellence in Writing, and an experienced catechist. Thrilled to have recently become grandparents, she and her husband currently live in Upstate, NY. Visit her author webpage at

Feature Image Credit: Cullan Smith,