For the Glory of God / Para la Gloria de Dios

Today’s readings and Psalm all point to the same person, Jesus, and remind us of the same thing, He died for us. And His death gives us something more important than anything else in this world, eternal life. 

When I was a child, maybe 11 or 12, complaining about why we couldn’t have certain things and that we weren’t rich enough, my father explained the difference between rich and wealthy. Wealth is about material possessions and money, and while we may not have had as much as I thought was necessary, we were rich in things that mattered – family, health, and faith. I most likely rolled my eyes (sorry, Dad) but clearly the lesson stuck.

Not only did the lesson stick but I find myself remembering it more often as I get older. I see the wisdom in not putting your faith and hope in material things because all of it, even your own life, can be taken, and then what?

If I have pinned my hope on the things and stuff of this world, I may die as a sad and lonely person. Our material wealth will not save us. Only Jesus can and indeed has saved us. Luke reminds us both in the Responsorial Psalm and the Gospel that Jesus has come to save his people. That’s why we put our trust in him and not in material possessions!

What matters most to us? What do we want to store up? Jesus tells us to store up treasures in heaven as we do not know when our life will be taken. Let’s shift our focus to storing up treasures in heaven so that when it is our time to leave this earth, we can do so with confidence that indeed we are ready to meet the Lord. 

I’ve heard many a funeral homily that reminds us that all we take with us to heaven is how we have loved. When we love others as Jesus did, we do store up treasure in heaven. Our goal then, as we ponder this Gospel today, is to learn how to live in this world while detaching from our possessions. Let’s put God first and offer all that we do and have “for the greater glory of God.” (St. Ignatius of Loyola)

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Las lecturas y el salmo de hoy señalan a la misma persona, Jesús, y nos acuerdan de la misma cosa, que Él murió por nosotros. Su muerte nos da algo más importante que cualquier otra cosa en este mundo, la vida eterna.

Cuando era niña, tal vez tenía 11 o 12 años, me quejaba por qué no podíamos tener ciertas cosas y que no éramos lo suficientemente ricos y mi padre me explicó la diferencia entre ser ricos y tener riqueza. La riqueza tiene que ver con las posesiones materiales y el dinero, y aunque es posible que no hayamos tenido tanto como pensé que era necesario, éramos ricos en las cosas que importaban: la familia, la salud y la fe. Lo más probable es que puse los ojos en blanco (lo siento, papá), pero claramente aprendí la lección.

No sólo aprendí la lección, sino que me encuentro recordándola más frecuentemente a medida que voy envejeciendo. Veo la sabiduría de no poner la fe y la esperanza en las cosas materiales porque todo eso, incluso la propia vida, puede ser arrebatado, ¿y luego qué?

Si he puesto mi esperanza en las cosas de este mundo, puedo morir como una persona triste y solitaria. Nuestra riqueza material no nos salvará. Solo Jesús puede y de hecho nos ha salvado. Lucas nos recuerda tanto en el Salmo Responsorial como en el Evangelio que Jesús ha venido a salvar a su pueblo. ¡Por eso ponemos la confianza en él y no en las posesiones materiales!

¿Qué es lo que más nos importa? ¿Qué queremos almacenar? Jesús nos dice que acumulemos tesoros en el cielo porque no sabemos cuándo nos quitarán la vida. Cambiemos nuestro enfoque para acumular tesoros en el cielo para que cuando sea nuestro momento de dejar esta tierra, podamos hacerlo con la confianza de que estamos listos para encontrarnos con el Señor.

He escuchado muchas homilías fúnebres que nos recuerdan que lo único que llevamos con nosotros al cielo es cómo hemos amado. Cuando amamos a los demás como lo hizo Jesús, acumulamos tesoros en el cielo. Nuestro objetivo entonces, mientras meditamos en este Evangelio hoy, es aprender a vivir en este mundo mientras nos desprendemos de las posesiones. Ponemos a Dios primero y ofrecemos todo lo que hacemos y tenemos “para la mayor gloria de Dios”.  (San Ignacio de Loyola)

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Deanna G. Bartalini, M.Ed.; M.P.A., is a certified spiritual director, writer, speaker and content creator. The online community is a place to inform, engage and inspire your Catholic faith. Her weekly Not Lukewarm Podcast gives you tips and tools to live out your faith in your daily life.

Feature Image Credit: Dave Hoefler,